Hijo pingüino

Soy un pingüino favorito, sin mucho que decir, pero con la terquedad (sinceridad) del (ex)villamelón que insiste en estar presente.

30 noviembre 2005

Doble 3

A los 33 años uno empieza a ver cruces por todos lados, la reencarnación y la vida cíclica no resultan ser tan buena idea; la madurez y el “éxito” nada tienen que ver con el niño que se atrinchera detrás de mis ojos para espiar al mundo.

A los 33, uno sabe que tener la razón sólo es cuestión de ego, que decir “lo siento no supe lo que dije” es la salida más prometedora para la sonrisa. Y que la sonrisa da una mejor noche que la razón.

A los 33 uno intenta no ser ejemplo de moral y confianza (cómo podría), trata uno de dejar en paz a los “deberías hacer esto” o los “cómo se atrevió”; a esta edad uno ya tiene la certeza de cuál es su color favorito. Aunque podría ser el verde, pero si lo pienso bien el café claro es el que más predomina en mi ropa, sin embargo el gris me encanta en los coches… A los 33 uno termina por discutir consigo mismo y no llegar a un acuerdo.

A mis recién cumplidos treinta y tres soy más agradecido -y de paso presumido-, así pues: por el retorno, por los dispositivos para mi computadora, por las llamadas telefónicas de cada año, por el libro, por las palabras y música en el blog, por los globos en el escritorio, por el regalo que se quedó en el retén, por las películas, por el desayuno en Samborns, por la cena en la Antigua, por los abrazos, por la revista casera, por los pensamientos y por los buenos deseos.

Gracias.